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Lo peor es que hay gente que se cree estas tonterías.
PRIMERO. Ya el comienzo es un poco chusco: “Investigadores de la Universidad de Princeton han descubierto algo aterrador.”
¿Quiénes son esos investigadores? ¿De qué Facultad? ¿A qué Departamento pertenecen?
Es que no dicen nada. Y eso es muy sospechoso.
Se trata de unos datos que ninguna publicación, realmente científica, dejaría de comunicar.
La transparencia informativa es un exigente en ciencia. Un imperativo ineludible.
Y como saben que es así, estos “trápalas magnéticos” lo intentan enmascarar eligiendo una universidad lejana y de prestigio. Lo más lejana y de prestigio posible.
Recordemos que en la estadounidense Princeton fue donde trabajó Albert Einstein, cuando tuvo que huir de los perros de la guerra nazi.
SEGUNDO. Es sorprendente que, en tan solo cuestión de meses, hayan llegado a tan prontas y rotundas conclusiones “magnetizantes”.
Con la de enfermedades que hay por esos mundos de Dios, y para las que llevan décadas investigando qué es lo que las causa, y con apenas resultados. Qué pena.
Y sin embargo ellos ya ven. En unos meses ya lo han descubierto ¡Qué tíos!
TERCERO. Continuamos y lo hacemos negando la mayor. Los imanes no emiten radiaciones electromagnéticas.
Parecen que es lo mismo. Pero no lo es. Lo sabe cualquier estudiante de Física de Bachillerato de cualquier instituto.
Luego, si es cierto que algo le pasó a los ratones, la causa no estuvo en los alimentos, supuestamente, irradiados que tomaron. Eso seguro.
Y lo es porque, sencillamente, esa radiación electromagnética procedente del imán no existe.
Lo que sí existe es el campo magnético B generado por esos imanes.
Unos campos de intensidad muy débil, que tan sólo podrían afectar a sustancias ferromagnéticas como hierro Fe(s), cobalto Co(s), níquel Ni(s) y sus aleaciones.
Pero ni mucho menos a las verduras, lácteos, carnes o pescados que estuvieran dentro del frigorífico.
Sencillamente ellos, como nosotros, no son materiales ferromagnéticos.
CUARTO. Volviendo a las radiaciones electromagnéticas domésticas. Ya hemos comentado en este blog que, las que tenemos en nuestro hogar, no son nocivas y mucho menos letales.
Les recuerdo que en nuestro hogar, estamos inmersos en radiaciones electromagnéticas. En la misma cocina: las del microondas, las de la encimera de inducción, las del propio tendido eléctrico, etcétera.
Pero ahora que les digo esto, en la cocina tenemos otros imanes en los que no han caído estos “sesudos investigadores”. Los que tienen en su parte interior las puertas de los muebles para quedar cerrados.
Con ellos no han contado estos “magufos” ¿Es que éstos no irradian también?
Lo digo porque algunos están junto al frigorífico. Y además llevamos toda la vida abriendo y cerrando puertas.
Claro que también están los auriculares que nos colocamos en los oídos, los altavoces del equipo musical de casa, los sistemas de encendido de los coches, los teléfonos, los que llevan aquellos que trabajan en el rollito de la “imanterapia”.
Por no hablarles de los sistemas de resonancia magnética, los arcos de los aeropuertos, los altavoces de las discotecas, … Y que no se nos olvide el propio campo magnético de la Tierra, con su polo N y su polo S.
QUINTO. Si los ratones en cuestión de meses, y por ingerir comida imanada, contrajeron el cáncer con un 87% más de probabilidad, nosotros, que estamos sometidos al electromagnetismo desde que nacemos ¿cómo tendríamos que estar a estas alturas?
Pues como estamos. Ya que todo no es más que una insensatez. Una milonga pseudocientífica fruto de la ignorancia.
SEXTO. Hasta donde he podido averiguar, no hay ningún estudio realizado por técnicos de electrodomésticos que confirmen que los imanes dañan los alimentos.
O que incrementen el uso de energía eléctrica. Ni uno solo.
Para estas ocasiones me gusta recordar una cita de Albert Einstein: “Sólo dos cosas son infinitas: el Universo y la estupidez humana. De la primera no estoy seguro”.
