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Historia de mamá cabra y su cabritillo
Para poner un contrapunto, que Jinjer espera no escandalice, voy a contar una “necota” (anécdota real) sobre una “pariente” que manifestaba su amor de madre de una forma que, probablemente, si lo hiciera una madre humana, le denunciarían por malos tratos, con el agravante de hacérselos a un bebé recién nacido. Es decir, que no se libraría de la trena.
Érase una vez hace ya muchas primaveras en la sierra de Guadarrama, a los mismísimos pies del pico Calamocho.
Por sus laderas serpenteaba un arroyuelo rodeado de juncales, ortigas que picaban con privilegio y algún que otro sauce blanco y aliso cuyas raíces bebían directamente, no de la tierra, sino directamente del arroyo.
Héteme aquí que, cuando el anciano telefonista, titular del único teléfono del lugar, por cierto, “teniente” graduado con honores, es decir, casi más sordo que una tapia de adobe y JM paseaban sus primaverales tardes junto al arroyuelo, quedaron “patidifusos” mientras una “pariente”, mamá cabra, les ofrecía un espectáculo aleccionador “a la antigua” o… ¿quizá a la “ordinaria”?
El caso es que mamá cabra acababa de alumbrar a lo que a nosotros nos parecía un hermoso cabritillo.
Pero, mamá cabra no parecía que tuviera la misma opinión que nosotros sobre su reciente vástago.
Porque, para nuestra sorpresa, observábamos la expresión asombrada de mamá cabra ante la vagancia e inacción del cabritillo que, en lugar de correr a agarrarse de su exuberante ubre para saciar su prístina hambruna y disfrutar del arte de mamar por primera vez, allí estaba, tirado en el suelo… tal que si hubiese recibido por ciencia infusa cuatro lecciones sobre estoicismo y sobre el arte de pasar de la vida.
Pero nuestra sorpresa fue en aumento porque mamá cabra comenzó a patear a su retoño.
Al ver que no era capaz de sacarle de su pasotismo, le golpeaba más y más dándole fuertes golpes con las pezuñas de sus patas delanteras.
El anciano telefonista me decía que había que intervenir, que lo iba a matar. Yo le dije que, en todo caso, le espabilaría y que, de todos modos, en esa cuestión sabía mil veces mamá cabra que nosotros y que era mejor que dejáramos actuar a los instintos de supervivencia de la Naturaleza y que, en todo caso, ya veríamos.
Cabra y cabritillo estaban sobre la ladera a unos metros del arroyuelo. Con cada paliza de patadas, el cabritillo se iba deslizando peligrosamente por la pendiente hacia el arrojo. Y el anciano telefonista “teniente” me urgía a intervenir para que el cabritillo no cayera al arroyo.
Tranqui, viejo, ten paciencia, le decía yo.
Tras casi veinte angustiosos minutos de ver a mamá cabra patear despiadadamente a su retoño, casi a medio metro de caer al arroyo, el cabritillo comenzó a espabilar, se levantó tambaleante y poco a poco se acercó a la ubre de mamá cabra y disfrutó del primer “desayuno” de su caprina vida.
Como decía alguien que dictaba sus lecciones allá por Galilea hace ya un par de milenios, “quien pueda comprender que comprenda” esta lección del “pariente” mamá cabra sobre el amor de madre.
