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Amorosamente despiadados
Érase una vez una niña de 9 años. Hija única. Padres ya muy mayores.
Se portaba como la dueña del mundo y emperatriz del Universo.
Lógicamente, sus padres le habían otorgado esos “títulos”
Por las noches, cuando tocaba acostarse, la “emperatriz” se tiraba como 3 horas llamando a su madre para esto o para lo otro. Mamá, dame la luz; mamá, agua; mamá me he destapado; mamá otro cuento; mamá… y si mamá no acudía, a llorar y llorar.
Jinjer se encontraba por entonces en la Sierra de Gredos, en un chalet vecino al de los susodichos padres y la “emperatriz”. Un buen día se quejaron amargamente a Jinjer del tormento que tenían. Jinjer sugirió le invitaran a cenar un día para aplicar el tratamiento y así se hizo, con la condición de que otorgaban carta blanca.
Cuando llegó la hora de acostar a la “emperatriz”, se le dijo a su mamá: le acuestas, le cuentas un cuento breve, le deseas buenas noches, apagas la luz y hasta mañana.
La “emperatriz” comenzó con su canción de todos los días: mamá… y a llorar y a elevar el tono de su llanto hasta decibelios por encima de lo concebible.
Se le dijo a la mamá que Jinjer tenía las riendas. Que la vía natural era que se durmiera cuando quisiera. Los padres sufrían y sufrían los decibelios del llanto de la “emperatriz”.
Estuvo llorando durante dos horas. Rendida, se durmió.
Jinjer les recomendó que siempre hicieran así. No fue necesario. Al día siguiente se durmió sin más problema.
